Por Gerardo Zúñiga Zúñiga*.
Pocas figuras en la historia patria transitan con tanta naturalidad entre la ciencia y la leyenda como el Dr. Ricardo Moreno Cañas. Médico cirujano, diputado, benefactor de los pobres y, para muchos, hombre de “manos benditas”, su nombre sigue vivo en el imaginario colectivo urbano de San José y de toda Costa Rica casi 90 años después de su trágica muerte en 1938.
Desde la antropología social y la historia cultural, Moreno Cañas no puede estudiarse solo con el expediente clínico en mano. Hay que estudiarlo también con el oído puesto en el relato popular, en la acera, en la pulpería y en la sala de los hospitales donde su nombre todavía se invoca.
El médico como arquetipo de ciencia y caridad en la Costa Rica liberal
Moreno Cañas se forma en la Costa Rica de la Generación del Olimpo. Trae de Europa técnicas quirúrgicas de vanguardia para la época y las pone al servicio de todos, pero especialmente de los desposeídos. Operaba gratis a quien no podía pagar. Visitaba los barrios del sur de San José a medianoche. Ese gesto, en una sociedad profundamente desigual, lo sacó del frío consultorio y lo convirtió en símbolo urbano de justicia social.
Aquí nace el primer arraigo: el pueblo que no lo vio como “el doctor de los ricos”, sino como “el doctor del pueblo”. En términos antropológicos, se transformó en un mediador cultural entre la élite científica y el barrio pobre. Rompió la barrera de clase con el estetoscopio en el cuello.
La dimensión extrasensorial: cuando la fe popular bautiza al científico
A Moreno Cañas se le atribuyen curaciones que, según el relato oral, iban más allá de la medicina. Con solo verlo, la fiebre bajaba, sabía qué tenía el enfermo, su mano curaba con facultades extrasensoriales. El pueblo costarricense de los años 1920-1930 vivía entre la medicina moderna y la religiosidad popular. Las romerías, las promesas, las curanderas y el “mal de ojo” convivían con el Hospital San Juan de Dios.
En ese contexto, Moreno Cañas fue resignificado. Su ética, su entrega y su carisma fueron leídos por el pueblo desde el único código disponible: el de lo sagrado. No se le inventaron milagros por mentir, sino por agradecer. El mito fue la forma que encontró la ciudad para decir “gracias” a un hombre bueno. Ese es su segundo arraigo: el urbano-religioso. Por eso hoy su tumba en el Cementerio General sigue con flores frescas.
El 23 de agosto de 1938, Beltrán Cortés lo asesinó en su casa. El crimen conmocionó al país. Un hombre que solo había hecho el bien, muerto a traición. La violencia contra el justo es, en todas las culturas, el último ingrediente para el nacimiento del héroe-mártir.
Desde entonces, el nombre de Moreno Cañas dejó de ser solo de un médico. Pasó a ser toponimia urbana y memoria colectiva: Hospital Dr. Rafael Ángel Calderón Guardia lo tuvo en su planilla, la Clínica Moreno Cañas, calles, bustos, escuelas. En Puntarenas mismo, su nombre se repite en consultorios populares como evocación de confianza.
Hoy que la salud se debate entre lo público y lo privado, entre el trato humano y el expediente digital, la figura de Moreno Cañas nos interpela. Nos recuerda que la medicina sin empatía es técnica, pero no es cura. Que el servidor público se debe primero al que menos tiene.
Ricardo Moreno Cañas fue un hombre de ciencia. El pueblo, con su sabiduría, le agregó una capa de misterio. No para engañarse, sino para explicar lo inexplicable: que alguien con todo el prestigio del mundo decidiera dedicar su vida a los que no tenían nada e hizo sentir bien a la gente que nada tenía en una sociedad urbana, a veces fría e individualista, y sentirse con solo verlo con la curación inmediata
Que su memoria nos sirva a los que hoy estamos en función pública. Que la bata blanca y la corbata del político tengan el mismo fin: servir sin ver a quién más lo necesitan.
*Regidor de la Municipalidad de Puntarenas, Abogado, Politólogo, Historiador y Diplomático.
