Por Gerardo Zúñiga Zúñiga*.

Todos tenemos miedo.

Yo también tengo mi miedo a perder.

El Perder nos asusta porque nos recuerda que nada es eterno. Le tememos a lo desconocido, a esa puerta que no sabemos a dónde lleva. Psicológicamente el cerebro prefiere lo malo conocido a lo bueno por conocer, aunque eso nos tenga estancados. Culturalmente nos enseñaron a desconfiar de lo nuevo, y por eso muchas veces nos quedamos quietos, esperando que el tiempo decida por nosotros.

También le tenemos miedo a perder un amor que de pronto son decir nada se va, que un hijo crezca y se vaya. que una amistad se enfríe. que el corazón que hoy nos abraza mañana elija otro camino como lo que le está pasando a lo

Socialmente nos dijeron que amar es poseer, y vivimos con la ansiedad de amarrar a las personas. Pero el amor no se pierde cuando se suelta. Se pierde cuando se asfixia. Aprender a amar sin miedo es el acto de valentía más grande.

Otro miedo silencioso es el de no conocerse a uno mismo. Pasamos la vida cumpliendo expectativas las de la familia, las del trabajo, las de la sociedad. Y un día nos preguntamos: ¿y yo qué quiero? Da miedo verse al espejo y no reconocerse. Pero solo en ese encuentro con nosotros mismos empieza la libertad. Porque no se puede vivir con paz si se vive para agradar.

Vivimos además con miedo a la incertidumbre. No saber si mañana habrá trabajo, si alcanzará, si las cosas van a mejorar. La cultura nos vendió la idea de que la vida debe ser un plan perfecto sin baches. Pero la vida real se construye en la duda. Y es ahí, en la incertidumbre, donde nace la creatividad, la resiliencia y la capacidad de reinventarnos.

El peor miedo de todos es el miedo a decidir. Decidir es renunciar. Es decir que sí a algo y no a otra cosa. Por eso preferimos que otros decidan por nosotros. Pero no decidir también es una decisión, y usualmente es la más cara. El mayor arrepentimiento no es equivocarse. Es quedarse callado cuando había que hablar, es quedarse quieto cuando había que caminar.

Entonces, ¿qué hacemos con el miedo? No se trata de eliminarlo. Se trata de caminar con él. Nombrarlo le quita fuerza. Hablarlo lo hace más liviano. Actuar, aunque tiemble nos devuelve el control.

Perder duele, sí. Pero perder también enseña. Se pierden apegos y se ganan lecciones. Se pierden caminos y se abren otros. Al final, no deberíamos tenerle miedo a perder. Deberíamos tenerle miedo a no haberlo intentado.

Porque la vida es hoy vale la pena vivirla con valentía.

*Doctor en Derecho, Politólogo, Historiador.

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