Por Gerardo Zúñiga Zúñiga*.
A lo largo de mi trayectoria profesional y de servicio público, he tenido la oportunidad de observar cómo la sociedad tiende a vincular la soledad con sentimientos negativos, asociándola especialmente a la vejez y / o a situaciones de aislamiento impuesto.
Sin embargo, desde mi perspectiva como estudioso del ser humano y de su desarrollo a lo largo del tiempo, puedo afirmar con rotunda claridad que la soledad es una parte fundamental del crecimiento humano, y que estar solo no implica necesariamente un proceso adverso difícil
En la etapa joven, cuando se comienza a separarse de la esfera familiar para definir su propio camino, la soledad se convierte en un aliado invaluable. Es en esos momentos de introspección, cuando nos encontramos a solas con nuestros pensamientos y sueños, que empezamos a entender quiénes somos y qué queremos alcanzar en la vida. Los jóvenes que aprenden a valorar la soledad desarrollan una mayor autonomía, capacidad de decisión y claridad sobre sus metas, sentando las bases para una vida adulta consciente y firme.
En la edad adulta, cargada de responsabilidades familiares, laborales y sociales, la soledad se presenta como un refugio necesario para la reflexión y el crecimiento personal y profesional y desde mi propia realidad puedo decir que algunas de mis mejores ideas y estrategias han surgido en momentos de aislamiento voluntario, cuando he podido analizar situaciones con objetividad y profundidad. Esta etapa también me ha permitido revisar mi rumbo ajustando nuestros valores y fortaleciendo mi resiliencia frente a los desafíos diría que me ha enfrentado la vida.
Quizás hoy ya a pronto entrar en la vejez es donde considero que más se malinterpreta la soledad ya que muchos la ven como un signo de abandono o declive, pero la realidad es que puede ser un período de gran plenitud.
A medida que las responsabilidades disminuyen y el cuerpo va cambiando, la soledad nos invita a conectar con nuestra historia, a valorar los logros y a encontrar un sentido más profundo a nuestra existencia. He podido constatar que Los adultos mayores que aceptan y aprovechan la soledad desarrollan una sabiduría única, capaz de iluminar el camino de las generaciones futuras.
Es importante distinguir entre la soledad voluntaria y consciente, que nutre el alma y fortalece el espíritu, y el aislamiento impuesto y doloroso, que sí puede tener consecuencias negativas para la salud física y mental. Como sociedad, debemos fomentar la cultura de la soledad positiva, enseñando a las personas de todas las edades a encontrar en ella un espacio para el crecimiento, la creatividad y la paz.
*Regidor Propietario de Puntarenas. Doctor en Derecho, Politólogo e Historiador.
