Por Glenda Dixiana García Madrigal. Ciudadana puntarenense.
Hablar del desarrollo del cantón central de Puntarenas obliga a mirar con detenimiento tres de sus espacios más emblemáticos: el estadio, el mercado municipal y el balneario.
Tres puntos distintos, pero profundamente conectados por una misma constante: el deterioro progresivo de la infraestructura y la ausencia de una respuesta sostenida en el t iempo.
El Estadio Miguel Ángel “Lito” Pérez refleja hoy una realidad evidente. Durante años ha sido objeto de anuncios, propuestas de remodelación e incluso ideas de construcción de un nuevo recinto. Sin embargo, más allá de las intenciones, lo cierto es que el estadio se mantiene en condiciones limitadas, con intervenciones parciales que no resuelven de fondo sus necesidades estructurales.
El proceso en el que se encuentra es claro: discusión constante, planificación incierta y ejecución aún pendiente. Mientras tanto, la afición y la comunidad siguen esperando una solución definitiva.

La situación del Mercado Municipal es aún más sensible. Se trata de un patrimonio histórico y un eje económico tradicional que ha sufrido un deterioro progresivo tanto en su infraestructura como en su dinámica comercial. El cierre de locales, las condiciones físicas comprometidas y los cuestionamientos sanitarios evidencian una situación crítica.
A pesar de que han existido advertencias y llamados de atención durante años, las acciones correctivas han sido tardías o insuficientes. Hoy el mercado se encuentra en una etapa que combina intervenciones parciales con una necesidad urgente de transformación integral.
Por su parte, el balneario de Puntarenas —históricamente el corazón turístico de la provincia— enfrenta un proceso más silencioso, pero igualmente preocupante. La pérdida de competitividad frente a otros destinos, el deterioro de espacios públicos y la falta de modernización han reducido su capacidad de atraer visitantes en las mismas condiciones que en el pasado.
No obstante, que se han realizado esfuerzos aislados, no se ha consolidado una estrategia clara que permita reposicionar este activo como un motor de desarrollo económico. Lo más preocupante no es analizar cada caso de forma individual, sino entender el patrón que los une.
En los tres ejemplos se repiten elementos similares: diagnósticos conocidos, necesidades identificadas, propuestas anunciadas y una ejecución que no logra consolidarse.
No se trata de señalar responsabilidades individuales ni de simplificar una realidad compleja, pero sí de reconocer que ha existido una falta de continuidad en la gestión pública y en la priorización de proyectos clave para el cantón.
La administración local, en sus distintos periodos, ha enfrentado estos desafíos con distintos enfoques. Sin embargo, los resultados actuales evidencian que las soluciones no han sido suficientes para revertir el deterioro acumulado.
Más que un problema de una sola gestión se trata de una deuda histórica que ha trascendido administraciones. Puntarenas no carece de potencial. Cuenta con activos estratégicos, identidad cultural y ubicación privilegiada. Lo que ha faltado es una visión articulada que convierta ese potencial en resultados concretos.
La infraestructura no es únicamente una cuestión estética; es una condición básica para el desarrollo económico, la generación de empleo y la calidad de vida de la población. Este no es un llamado a la confrontación, sino a la reflexión.
El cantón necesita pasar de la reacción a la planificación, de los anuncios a la ejecución y de los esfuerzos aislados a una estrategia integral. Porque cuando tres de los principales símbolos de una ciudad reflejan deterioro, el problema deja de ser puntual y se convierte en estructural. Y los problemas estructurales, por definición, requieren decisiones firmes, sostenidas y responsables.
Puntarenas merece avanzar. Y ese avance no puede seguir dependiendo del tiempo, sino de la acción.
