Por Hárold Leandro Camacho. Historiador y Periodista, UCR.
Hace pocas décadas, en el imaginario popular de Costa Rica el periodista deportivo era un personaje que acumulaba cierto saber técnico: información, datos, estadísticas, manejo fluido del lenguaje, vocabulario respetable y, en muchos casos, una vocación pedagógica.
Era común que estos cronistas fueran respetados por futbolistas, entrenadores y dirigentes, no solo porque lo que decían o escribían, sino por la claridad y profundidad de su razonamiento. Incluso, sé que un muy popular equipo de fútbol (Saprissa por más señas) realizaba su sesión de junta directiva con la radio prendida para oír lo que decían los periodistas y así tomar decisiones.
En otras palabras, aprender, cultivarse, leer, escribir bien, dominar el idioma y los códigos de la cultura eran formas de prestigio y de admiración social que, en no pocos casos, funcionaba como mecanismo de ascenso social. En este sentido, la sociedad veía en la educación la posibilidad de dignificar su existencia.
Hoy, esa figura convive -y en muchos casos es desplazada- por el influencer deportivo: un sujeto cuya autoridad ya no está cimentada en la cultura, el conocimiento o la experticia, sino en la exposición.
El sociólogo francés Pierre Bourdieu lo explicó con claridad meridiana: Lo que antes se adquiría como saber, hoy se adquiere como visibilidad. La distinción ya no radica en la información que se maneja, en el contexto o en la forma en que se expone, sino en la capacidad de producir contenido viral: bromas, chismes, chascarrillos, provocaciones, polémicas absurdas, insultos de todos los pelajes, etc.
Es por ello que en no pocos contextos sociales y mediáticos, ostentar de incultura se ha vuelto signo de autenticidad popular o de rebeldía frente a una élite intelectual desacreditada. Así las cosas, la banalización mediática y la frivolidad han desplazado a la cultural.
En Costa Rica, este fenómeno es evidente. La televisión y la radio deportiva han cedido terreno a canales de YouTube, podcasts y transmisiones en redes sociales donde la estridencia sustituye a la crónica. La sátira superficial y la opinión irónica devienen en forma de legitimación. Lo que importa no es el dato bien reporteado, contrastado y equilibrado, sino la polémica estridente que alimenta la interacción (engagement). El like sustituye a la credibilidad.
Ignorancia como espectáculo
El periodista español Jesús Quintero, El Loco de la Colina, advirtió esta lógica con una frase que retumba hoy con fuerza: “Vivimos en la dictadura de los idiotas”. El idiota no es el que ignora, sino el que convierte su ignorancia en espectáculo. El semiólogo italiano Umberto Eco lo expresó sin rodeos: “Las redes sociales han dado derecho de palabra a legiones de idiotas”.
La paradoja es que esa “idiotez” se convierte en rentable: genera patrocinadores, merchandising y contratos con casas de apuestas o marcas de bebidas energéticas. ¡Y ahora presionan por permitir la publicidad de bebidas alcohólicas para facturar aún más! Eso se llama doble moral.
Este ecosistema propicia un conflicto ético a la vista: el influencer deportivo costarricense presume de no saber de táctica, de no haber leído de fútbol, de no consultar archivos, de desconocer por completo la historia, de no saber (ni querer) investigar y, por tanto, no dispone de conocimiento general. Por ello, suelen ser un eco amplificado de prejuicios, estereotipos y frases hechas. El problema no es solo de forma, sino de fondo: la banalidad se vuelve valor de mercado. La ignorancia deliberada se vuelve capital. ¡Y eso, ahora, factura!
Quintero lo tenía claro: “Han tenido acceso a la educación, saben leer y escribir, pero no ejercen. Con ellos, todo es superficial, frívolo, elemental, primario”. Bourdieu también fue visionario: “Asistimos a una lucha simbólica donde lo serio, culto, sensato (la investigación, el análisis de sistemas de juego, la comparación histórica) es desplazado por la inmediatez y el comentario superficial”.
El público, atravesado por la lógica del algoritmo, premia lo efímero y castiga lo denso. ¿Qué lugar tiene, entonces, el periodista que investiga, que cuestiona lo que pasa en la Federación, las denuncias de multipropiedad en equipos, los amaños de partidos, el ingreso de capital de dudosa procedencia a clubes? ¿Para qué rebuscar en archivar de datos, hacer “fijos”, reportear y escribir artículos y columnas? Eso no reporta likes y ¡así no se factura!
Luz al final del túnel
Pero hay esperanza. Esta marginalidad puede ser una trinchera de resistencia. Eco creía que la única defensa posible es la pedagogía: formar públicos que distingan entre la cháchara y el dato, entre el exabrupto y la interpretación, entre el bullicio y el argumento. Quintero, a su modo, lo complementaba: reivindicar la palabra pausada, la conversación que raspa las superficies, la pregunta incómoda, el análisis reposado y profundo, el ir más allá de la epidermis.
En Costa Rica urge este gesto subversivo: devolverle al periodismo deportivo espesor, profundidad, anchura y bagaje. No se trata de renunciar a la frescura ni a la ironía -el humor es una herramienta vital para desarmar la pomposidad y el ego-, sino de reconectar lo anecdótico con lo estructural. De lo contrario, seguiremos atrapados en una escena donde el influencer -ese que presume de “no haberse leído un puto libro en su jodida vida”, como bien dijo Quintero-, eclipsa, borra, minimiza y doblega al periodista que lleva años investigando dirigentes o actos cuestionables.
En una cultura saturada de títulos sensacionalistas y engaños, sostener la complejidad es un acto político. Defender la crónica bien escrita, la entrevista sin gritos, la polémica encausada y el análisis argumentado se convierte en un acto revolucionario. Como decía Quintero, “cuando la estupidez se vuelve espectáculo, la inteligencia se vuelve clandestina”.
