Por Fianna Blanco López, egresada del Liceo Santa Gertrudis Sur de Grecia, Alajuela.

Desde que tengo memoria, hubo un trinchante en casa -ese mueble grande de madera que parecía más importante que el sofá- y no guardaba vajillas ni adornos, sino libros.

Cientos de ellos, todos perfectamente acomodados, como si cada uno supiera exactamente dónde debía estar. Yo los miraba con la curiosidad propia de quien aún no conoce el mundo, y me preguntaba por qué había tantos… si nadie podría leerlos todos.

Para una niña tan pequeña, era imposible imaginar que una sola persona pudiera entrar en tantas historias. Y; sin embargo, ahí estaban firmes, silenciosos, esperando. Nunca supe si me atraía más el misterio que escondían, o la paciencia con la que alguien los había colocado uno por uno.

Si uno se salía de sitio, aunque fuera por centímetros, mi abuelo -su dueño- lo notaba. Él (Manuel Rodríguez Morales Q.d.D.g.) era meticuloso, cuidaba sus libros como quien cuida algo vivo, con un respeto. Y aunque yo no entendía del todo, cada vez que podía tomaba uno entre mis pequeñas manos con cuidado. No era curiosidad lo que me movía, era algo más íntimo, más inexplicable. Me gustaba el olor.

Me gustaba el peso. Me gustaba pasar las páginas sin entender nada, solo por sentir cómo el papel crujía suavemente entre mis dedos. Porque, aunque no entendía aún qué escondían, sí entendía lo que significaban para él. Y eso, incluso antes de saber leer, me enseñó que los libros eran algo importante.

Algo que no debía tocarse a la ligera. Cuando los tomaba a escondidas, amaba ir a la última página, porque siempre al final de cada libro, había una pequeña hoja escrita por ambos lados. Una especie de resumen, como un eco de lo que había sido ese mundo entre las tapas. A veces escrito con letra temblorosa, otras con trazos firmes.

Lo hacía mi abuelo. Él leía cada uno de esos libros y luego se sentaba con calma, con devoción, y escribía lo que había comprendido, lo que se le había quedado en el alma. Pero también un poco desalentador. Porque yo no creía que pudiera hacer lo mismo.

Esos libros con novecientas páginas me parecían montañas imposibles. Y sin embargo, llegó el momento. No sé si fue rebeldía, nostalgia o solo ganas de acercarme a él, pero un día decidí que iba a leer. Que quería ser, aunque fuera un tercio, de lo inteligente que era mi abuelo.

Quería entender qué lo enamoraba tanto de esas historias. ¿Qué encontraba ahí adentro que lo hacía anotar todo, como si no quisiera olvidar ni una sola palabra? Con el primer dinero que ahorré, decidí ir a comprarme mi primer libro, pero al llegar me encontré frente a una decisión absurda pero real: había algo que quería comprarme desde que llegué, algo que había visto en el escaparate y que ya me había imaginado usando.

Pero al lado estaba ese libro. Y, sin saber muy bien por qué, elegí el libro. Uno que conocía por sus versiones en cine, parte de la que ha sido -y será siempre- mi trilogía favorita de romance de la escritora Jenny Han.

Era una historia que ya conocía: un romance adolescente lleno de cartas y despedidas. Tal vez pensé que, si ya me gustaba la historia, no me sería tan difícil empezar por ahí, aunque me tardara semanas en terminarlo.

Pero no fue así. Después de cenar, entré a mi cuarto y abrí ese libro. Lo que viví en las siguientes tres horas fue, honestamente, un trance. Se me fueron en un suspiro. Me devoré el libro como si me hubiera estado esperando toda la vida. Y ahí lo entendí.

Entendí lo que sentía mi abuelo. Entendí por qué alguien puede leer y releer una historia como si en cada vuelta encontrara algo nuevo. Desde entonces, el romance y la astronomía comenzaron a habitarme. No podía parar de pensar en que ambos mundos se parecen tanto: ambos expandiéndose sin control, ambos llenos de misterios, y los dos capaces de hacer que algo tan inmenso se sienta sumamente íntimo y cercano.

En cómo hay cosas que simplemente deben pasar, como las casualidades disfrazadas de destino… todo empezó a atraparme con la misma fuerza que antes me intimidaba. No sé si exagero, y tal vez quien está leyendo esto también lo haya sentido.

Pero cuando un libro te toca de verdad, cuando un autor logra transmitirte un sentimiento tan profundamente humano, tan nítido, tan dolorosamente bello… entonces ya no estás leyendo. Estás viviendo otra vida. Estás sintiendo por otro cuerpo. Estás recordando algo que nunca te pasó, pero que igual se siente a flor de piel.

Mi abuelo ya no está conmigo. Al menos no en la forma que uno desearía. Pero cada vez que comienzo un libro, lo siento. Lo imagino cerca, como si se sentara a mi lado en silencio. Y cada vez que llego a la última página, y escribo mi pequeño resumen, sé que, al menos en eso, me parezco un poco a él. Que, sin darme cuenta, heredé su hábito más hermoso.

Quizás nunca seré tan sabia como él. Quizás nunca amaré sus libros de historia como él lo hacía. Pero gracias a él, encontré mi refugio cuando todo afuera parece temblar. Gracias a él, sé que cuando me pierdo, puedo encontrarme entre palabras. Y cuando algo me sacude, cuando una emoción me atraviesa hasta el punto de quemar, solo me queda una cosa por hacer aparte de leer…escribir.

Y ahora que lo pienso, tal vez esa necesidad de escribir no nació sola. Tal vez comenzó antes, sin que yo lo supiera, el día que él me dio algo más que un libro… un diario. Al inicio no supe qué hacer con él.

Era solo un cuaderno con líneas, sin título, sin instrucciones. Me lo entregó con una frase sencilla pero tan suya: «úsalo con el corazón.» En ese momento no entendí del todo lo que quería decir, ni por qué ese regalo tan simple parecía tener tanto peso. Hoy, casi seis años después, ese diario está lleno.

Lleno de todo lo que alguna vez sentí y sigo sintiendo. Hay palabras que escribí con lágrimas, otras con rabia, muchas con amor, y algunas solo con la necesidad de no guardar más. Y ahora lo entiendo: no era un simple cuaderno.

Era un espacio seguro, un rincón donde podía ser completamente yo, sin miedo, sin juicio. Gracias a él comencé a escribir. Sin buscarlo, sin planearlo, solo dejando que el corazón hablara. Y me siento plena por eso. Porque escribir se volvió mi manera de respirar, de soltar, de entender.

Sin saberlo, me dio una de las herencias más bonitas: la libertad de poner en palabras lo que me atraviesa. Qué bonito es escribir. Qué bonito es haber aprendido a hacerlo desde el alma. Y si alguien llegó hasta acá y encuentra consuelo en una sola línea escrita por mí, entonces sabré que él sigue vivo ahí… entre palabras que un día comenzaron siendo suyas, y que ahora también son mías.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *