julio 20, 2024

El nombre de “carne mocha” era lo de menos; a los infantes lo que les interesaba era ese dulce que tanto gustaba a los pequeños, quienes esperaban con ansias el sábado para escuchar al papá que venía al centro de Grecia a comprar el “diario”.

A los infantes no les importaba si el “diario” lo compraban en alguno de los abastecedores del mercado o en el Súper Económico, donde, por cierto, los dependientes sacaban una larga lista que contenía más de 20 productos. Con el tiempo, esos mismos dependientes se la aprendieron de memoria y los replicaban como hace el gallo con su canción, con los ojos cerrados.

Ahora, si ya los productos se vendían en libras y no en kilos como es ahora, ya estaban empacados en un saco de manta que había quedado sin harina o en uno que había quedado sin azúcar. Faltaba el encargo de los chiquillos de la casa: la carne mocha. Muchos la encontraban en el recorrido, ya que tenían que ir a la parada del mercado para abordar el bus que los llevaría de regreso a su casa en los distritos, ya que cerca de la parada adquirían la carne mocha.

En ocasiones, cuando el niño acompañaba al papá y luego iban a comprar la “carne mocha”, se encontraban con un hombre espigado y con un delantal blanco. Su nombre era Juan Céspedes, quien atendía con una especie de bandeja grande y con una especie de hacha se encargaba de atender a los clientes y partir los pedazos.

“Carne mocha” era el nombre que le daban, aunque pocos o nadie sabía por qué le llamaban así.


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