Por Elliot Núñez Castillo. Ingeniero en Sistemas. Arquitecto en Tecnología Empresarial.
Hay acontecimientos que no se miden por la cantidad de asistentes, sino por el mensaje que dejan para las generaciones futuras. El plantón del 6 de agosto no fue únicamente una concentración ciudadana, fue un recordatorio de que, en Costa Rica, la soberanía no reside en un presidente, ni en un partido político, ni siquiera en una institución.
La soberanía reside en el pueblo.
Cuando miles de costarricenses salimos espontáneamente a la Plaza de la Democracia, estamos enviando un mensaje que trasciende cualquier gobierno:
Las instituciones pueden ser criticadas. Pueden reformarse. Pero no permitiremos que sean destruidas para concentrar el poder en una sola persona.
Este es el verdadero significado histórico del plantón:
-No fue una defensa de magistrados.
-No fue una defensa de jueces.
-No fue una defensa de políticos.
Fue una defensa del principio que distingue a una República de una autocracia: Que nadie está por encima de la Constitución.
El verdadero poder no estaba en la tarima: No hubo armas. No hubo violencia. No hubo amenazas. Solo ciudadanos valientes.
Demostramos nuestros valores democráticos, mientras en muchas partes de América Latina los conflictos terminan en enfrentamientos armados, Costa Rica volvió a demostrar que su fuerza nace de otra tradición: La movilización pacífica, nuestro ejército desapareció hace más de setenta años, pero nunca desapareció el deber ciudadano de defender la República.
Las calles fueron el equivalente moderno del cuartel que Costa Rica decidió no tener.
El nuevo significado del Himno Nacional. Durante generaciones cantamos:
«Cuando alguno pretenda tu gloria manchar…» Quizá hoy esa frase adquiere una nueva lectura.
No se trata únicamente de defender el territorio frente a un ejército extranjero.
También significa defender la democracia cuando alguien intenta debilitarla desde dentro.
Hoy podría interpretarse así: «Cuando alguno pretenda nuestra democracia eliminar, verá a un pueblo valiente salir nuevamente a las calles.»
-No con fusiles.
-No con violencia.
-Con banderas.
-Con Constitución.
-Con civismo.
-Con dignidad.
Francisco Morazán nos dejó una enseñanza, la historia costarricense contiene un precedente extraordinario. En 1842, Francisco Morazán pretendía convertir a Costa Rica en la base para reconstruir la Federación Centroamericana bajo su conducción, acabó fusilado.
Más allá de cómo cada historiador interprete ese proyecto, lo cierto es que una parte importante de los costarricenses consideró que la soberanía nacional estaba en riesgo.
Costa Rica reaccionó, no porque odiara a Morazán. Sino porque ningún proyecto político podía imponerse por encima de la voluntad nacional. Desde entonces quedó grabada una característica de nuestra identidad: Los costarricenses aceptamos gobiernos. Nunca aceptamos dueños. Ese principio sigue vigente.
La tosca herramienta
Nuestro Himno Nacional contiene quizá la frase más poderosa de toda la identidad costarricense: «…la tosca herramienta en armas trocar…»
Muchos interpretan esa frase únicamente como un símbolo de guerra.
Yo creo que hoy tiene un significado diferente, la herramienta ya no se convierte en fusil, se convierte en ciudadanía:
-El agricultor.
-El maestro.
-El médico.
-El ingeniero.
-El comerciante.
-El estudiante.
Todos dejan por unas horas su trabajo para convertirse en guardianes de la República.
La herramienta sigue alimentando al país, pero también construye democracia.
La mayor derrota del autoritarismo: Los gobiernos fuertes necesitan convencer a la población de que el ciudadano común no puede cambiar nada.
El plantón demostró exactamente lo contrario. Miles de personas demostramos que el poder político sigue teniendo límites. Que la Constitución sigue teniendo defensores. Y que la democracia costarricense todavía posee anticuerpos.
Ese es probablemente el mayor legado de la manifestación. No cambió un gobierno.
Cambió la percepción de muchos ciudadanos sobre su propia capacidad de defender la República.
La verdadera enseñanza
El plantón no fue el triunfo de un partido político, fue el triunfo de una cultura política que Costa Rica ha construido durante casi dos siglos. Una cultura que afirma que las diferencias se resuelven con votos, tribunales, diálogo y movilización pacífica.
-No con violencia.
-No con caudillos.
-No con hombres providenciales.
-Porque las instituciones no pertenecen al Gobierno.
-Ni a la Corte.
-Ni a la Asamblea Legislativa.
-Pertenecen al pueblo.
Y el 6 de agosto el pueblo recordó algo que nunca debería olvidar: La democracia no se hereda. Se defiende. Todos los días.
