Por Luis Castrillo Marín.
La creciente digitalización de una amplia gama de aspectos de la vida social (desde complejos trámites bancarios hasta sencillos pagos de bienes y servicios) mandó al cajón de la historia a muchos de los modelos de gestión tradicionales, ahora superados por el empuje avasallador de las herramientas tecnológicas que llegaron para quedarse.
Uno de esos sectores que está más desconectado de la realidad actual -especialmente en el gusto y preferencia millenials– es el transporte de los taxis rojos cuyos prestatarios parece que no pueden entender que desde varios años enfrentan una feroz competencia de plataformas como Uber o Indrive.
En mi caso las últimas experiencias con la Fuerza Roja de Grecia han sido fatales: excesiva demora para llegar al punto de abordaje y centrales telefónicas que todavía permanecen anclas a las tradicionales llamadas, apenas para citar dos falencias.
Para muestra un ejemplo. El pasado 18 de mayo (5:41 p.m.) llamé a unas de las bases de taxis rojos para un servicio desde un supermercado en las inmediaciones del Liceo León Cortés hasta a la Urbanización Bella Vista.
Casi 15 minutos después el vehículo aún no había llegado, pero ante la queja de este servidor como legítimo usuario de un servicio público señalé que pediría un Uber, la respuesta del operador del teléfono (aunque Ud. no lo crea a estas alturas del desarrollo todavía existe ese puesto de trabajo) fue una perla: “¡Ah pues llame un Uber”.
Aparte de estar anclados en un esquema superado parece que hace falta un buen curso de servicio al cliente. No obstante, creo que a pesar de una capacitación de ese tipo ya tienen buena parte de la batalla comercial perdida.
La razón es muy sencilla. La revolución científica y tecnológica de la era de internet (junto con otros impactos colaterales como la inteligencia artificial, los data center, el blockchain o la robótica, entre otros) los agarró literalmente con los pantalones abajo; pero además, siguen empecinados en prácticas administrativas ya superadas.
Es como si a estas alturas del partido una persona siga pegada a los aparatos de la vieja escuela como: el VHS, el FAX, el telégrafo, el betamax y otra larga seguidilla de chunches ahora inservibles, tanto que las nuevas generaciones de nativos digitales jamás los usaron.
En la historia de la tecnología hemos visto decenas de ejemplos de empresas enormes que sucumbieron porque nunca interpretaron de manera adecuada las cambiantes tendencias de un mercado que; como bien se sabe, es implacable porque jamás espera a quien se queda amarrado en el pasado.
La lista es larga, pero basta mencionar algunos ejemplos de estrepitosos fracasos corporativos: Kodak, Black Berry, Palm, Nokia, Blockbuster, Commodore, Polaroid, Atari y muchas otras firmas que; por supuesto, eran miles de veces más grandes y poderosas que unos cuantos taxis de Grecia donde todavía parece que existen compañías que prefieren meter la cabeza en la tierra como si esa táctica evasiva pudiera alterar la realidad.
Sencillamente patético.
