Por Fianna Blanco López. Joven escritora, Grecia, Alajuela.
La vida: El día empezaba con un sol que no podía calentar su corazón. Se levantaba y caminaba por la casa vacía, escuchando los ecos de su propia respiración. Cada paso era un recordatorio de que estaba solo, de que nadie le recordaba que merecía ser cuidado, que merecía ser niño, y ya no le importaba.
La habitación estaba llena de aire, pero cada respiro dolía como si sus pequeños pulmones se quebraran desde adentro. Hay un eco invisible que repite lo perdido, una ausencia que no se nombra porque, al pronunciarla, la herida se abre aún más.
En la escuela, tan siquiera ahí podía estar seguro, aunque intentaba mezclarse entre los demás o sonreír como todos, pero sus ojos traicionaban su interior y, aunque no quisiera, se notaba. Cada broma, cada mirada parecía distante, como si el mundo estuviera detrás de un vidrio que él no podía romper ni traspasar.
Y allí dentro, donde nadie podía entrar tampoco, su mente empezaba a construir un refugio. Un lugar donde el dolor se podía congelar y donde los recuerdos que lo hacen llorar podían mantenerse escondidos, como piedras en el fondo de un río.
En el día aprendió a medir cada gesto, a convertir su cuerpo en un espacio silencioso e invisible. Cada día era un acto de supervivencia.
Pero luego llegaba la noche…
Su voz interior le susurraba: No confíes, no muestres el miedo, no dejes que el dolor te toque.
El niño:
El cielo se oscurecía y, con él, mi pequeño universo se llenaba de terror. Cada sombra era una amenaza, cada crujido un recordatorio de que no podía escapar de las garras de ese monstruo, que no vivía debajo de mi cama, sino en mi propia casa.
Me acostaba, abrazando mi almohada como un escudo débil, y cerraba mis ojitos con fuerza. Allí, en la penumbra, mi mente se volvía mi mayor aliada, me recordaba “No sientas, no sientas. El dolor es solo un visitante, no es tuyo”. Y por un instante, lograba que el miedo y la tristeza se congelaran en un rincón profundo de mi conciencia.
Aprendí a no gritar ni moverme demasiado, ya no valía la pena, ya no quería, y quizás así la promesa de que algún día iba a parar si le hacía caso me daba esperanzas en lo más profundo de mi corazón un poco roto.
Mis ojos ya tristes ardían, y mis mejillas guardaban el rastro de todas las lágrimas que cada noche rodaban hasta el suelo, pero que no podía mostrar a los demás, lágrimas petrificadas en un dolor que no encontraba salida en un sollozo que no tenía lugar.
El tiempo se retorcía y se burlaba de mí, y la soledad me mordía, lenta y cruel, como un animal hambriento. Nada quedaba intacto, ni mi memoria, ni mis recuerdos, ni siquiera la esperanza. Todo se marchitaba con una rapidez insoportable, arrancándome un pedazo más de lo que alguna vez fue vida. Mi inocente vida.
Luego, cuando la pesadilla parecía acabar, me levanto entre mis propios pensamientos, arrastrando mi cuerpo tan pequeño y a la vez tan cansado hasta el baño, y mientras el agua cae sobre mí, intento una vez más lavar todo ese dolor que llevo dentro. Pero no se va. No se disuelve. Me quema, me destruye, y me rompe en mil pedazos cada día, cada instante, como si nunca me diera tregua.
Mis recuerdos… los quiero borrar. Los quiero arrancar de mi mente, porque ya no soporto seguir cargando con el peso del silencio. Es insoportable revivir una y otra vez esas imágenes, como si no fueran pasado, sino un presente que me persigue, y así es.
Mi abusador está aquí, aunque no lo vea frente a mí en este momento.
Está en mis pensamientos.
Está en mis sueños.
Está en cada sombra, en cada silencio, en cada rincón de mi memoria.
Y lo más triste… es que está libre, vagando, esperando a una pequeña alma indefensa para volver a hacer daño.
Para sobrevivir, inventaba mundos donde el dolor no existía: un bosque donde los árboles con el viento me susurraban palabras de consuelo, un río que limpiaba mis lágrimas, un sol que no solo iluminaba mi pecho, sino que abrazaba con ese calor que tanto necesito a mi corazón.
Esa fantasía era su única ventana al consuelo, su único lugar seguro en un mundo que no lo protegía. Y así, entre la luz y la sombra, entre el miedo y las pequeñas victorias internas, su mente le ofrecía un hilo de esperanza, un refugio donde, por un momento, podía sentirse vivo y protegido.
Mi aporte informativo para los lectores:
Con esta narración busco crear conciencia sobre el abuso sexual infantil, un problema que afecta a miles de niños en todo el mundo.
-1 de cada 5 niñas y 1 de cada 13 niños sufre algún tipo de abuso sexual antes de los 18 años.
-Entre el 60 por ciento y 70 por ciento de los casos son cometidos por familiares o personas cercanas.
-Alrededor del 10 por ciento de los casos ocurren en instituciones educativas, involucrando docentes, compañeros o personal de apoyo.
-Muchos agresores permanecen libres; más de la mitad no recibe sanción debido a miedo de las víctimas, falta de evidencia o fallas del sistema judicial.
Para los encargados:
Sean los guardianes de sus hijos, forjen seguridad. Háganles saber que tienen un lugar seguro en casa, que pueden confiar y acudir a ustedes. Enséñenles que si algo sucede, por mínimo que sea, sus papás estarán para ellos. Nunca dejen que tengan miedo a hablar: esa es la mentira más grande y el miedo más profundo que quieren sembrar los monstruos como esos. Su amor y apoyo son la fuerza que los protege y los hace invencibles.
Para los niños, adolescentes o adultos que sufrian o sufren abuso:
No tengan miedo de hablar. Cada palabra que compartan es un acto de valentía y un paso hacia la libertad. Hagan lo que puedan a su tiempo, aunque sientan que los juzgan; lo único que importa aquí es su vida y cómo van a recuperar la felicidad y la plenitud que merecen. Recuerden que son amados, que hay muchísimas redes de apoyo, y que no están solos. Busquen ayuda, siempre hay alguien dispuesto a escucharlos y protegerlos.
